Bariquiseros Alzaos...
Eran tiempos de dictadura, tiempos de Pérez Jiménez...
Campeaba por todo el territorio nacional el imperio de la ley, la disciplina y el orden, el temor y el terror.
El respeto a la estructura de poder llegaba a grados extremos. Ascendentemente, era respetado el escalafón del poder desde la más modesta la autoridad civil, hasta el temible aparato militar, pasando por el cuerpo policial represivo, coronado por la funesta y tenebrosa figura de la Seguridad Nacional.
El país yacía sumiso todo ante la bota militar del General andino que intentó desarrollar el país guiándolo con mano dura, enguantada por métodos "poco" democráticos.
El xerófilo estado Falcón en el occidente venezolano, no escapaba a esta realidad cierta de toda la extensión patria. Quizá, por la lejanía que lo separaba de Caracas, por lo extenso de la geografía estadal y por el desolador paisaje de vegetación verdiamarillenta por el intenso y persistente verano, no se sentía tan cruda como en la capital, la garra dictatorial.
Sin embargo, en el suelo Caquetío por "donde anduvo con rostro altivo Doña Josefa Camejo", se sentía la indiscutible presencia de la dictadura marcosperejimenista cundiendo el pánico y el temor de quebrantar aquel estado de cosas.
En ese marco de tensa y sombría realidad, desgraciadamente cierta, se gestaría una temeraria sublevación de humildes aldeanos bariquiseros retando la autoridad misma, en el mejor estilo del paisano precursor independentista José Leonardo Chirinos.
Manuel Ignacio Álvarez, era extensamente conocido sencillamente como "Manuel Ignacio". Era un hombre de ciertos recursos económicos gracias a sus "habilidades" en la gerencia logística como contratista de la Transnacional Petrolera "Creole Petroleum Corporation", alla en la Península de Paraguaná.
Su posición económica le daba cierto status en la sociedad local paraguanera, así como en toda la extensión del entonces Distrito Cumarebo. Era plenamente conocido a muchos kilómetros de las cuatro fachadas del Cerro Maracuica (Quiragua), en cuyo pie estaba asentado.
El habría adquirido un buen lote de terreno de la Posesión La Candelaria (toda esa región de Cumarebito, Quiragua y La Trinidad) en compra que hizo al General Jurado pero, sin haber sido suficientemente aclarada la extensión del terreno negociado, así como sus límites, puesto que él sostenía que "su propiedad" adquirida llegaba a Santo Domingo, adentrándose una buena parte en la Posesión vecina de Munucure y Bariquis. De ser esto cierto, Manuel Ignacio seria dueño de toda la zona donde estaba establecido el pequeño caserío, alrededor de la iglesia.
Para ese entonces; Bariquí era muy poco poblado. Frente a la iglesia, en el sitio actual donde está la casa de Cristina Zavala, vivía Modesto Petit Colina hijo de Amado Petit y Sixta Colina, casado con Tuta, hija de Gregorio "Goyo" Lugo. Un poco más allá, subiendo un poco en el camino a La Ciénaga, en la casa que perteneció hasta su muerte a Enriquito Ramones y familia, vivía Rafailito Álvarez, hijo de Manuel Vicente Álvarez, casado con Tina, hija de José Rafael Hernández, empleado éste último, por cierto, de Manuel Ignacio.
Diagonal a la fachada principal de la iglesia vivía Francisco "Chico" Petit con su esposa Ramona Álvarez y familia, y un poco más al cerro Buenos Aires, en la misma dirección, vivía José Eliseo Orellane y los Barrena. Frente al costado sur de la iglesia, estaba la casa donde vivía Bruno Corona Olivetti con su esposa María Josefa Petit y sus hijos. José Manuel "Chema", el mayor de los hijos de Bruno vivía al frente de la casa de su padre y en lo alto del camino a La Ciénaga, en La Cieneguita, más arriba de que Rafailito Álvarez, vivía Perucho, el segundo hijo de Bruno.
Finiquitado el negocio de compra de la extensión de terreno, Manuel Ignacio giró instrucciones a personal a su cargo de cercar "su propiedad" bordeando el caserío alrededor de la iglesia y rebasando el limite oriental histórico de la Posesión de Munucure y Bariquis que era la Quebrada de Quiragua en la dirección norte-sur.
La casa de un humilde bariquisero llamado Ramón Jiménez, llamado por sus conocidos como "Mano Monche", estaba ubicada al lado de la carretera que lleva a Cumarebo, cerca del actual cementerio. Para ser exacto, esa parte de la casa de Maria Isidora Reyes, "Llolla", allá en El Curubal, a la entrada del Campo de Beisbol Hermágoras Oliva y que es de barro amarillo todavía, es parte de la casa original de Mano Monche.
Pues bien, esa casa humilde del pacifico Mano Monche, fue cercada por el personal de Manuel Ignacio quedando del lado adentro de la propiedad del "pudiente" terrateniente. Una fila de varios estantillos con cinco pelos de alambre bien templados, dividían el pequeño patio de enfrente de la pequeña casa de barro, madera y tejas.
Esta arbitraria acción despertó una gran indignación entre vecinos bariquiseros de La Plaza, la cual se fue convirtiendo en una furia colectiva hasta desatar una fuerte represalia contra el atropello, a todas luces, producto de un abuso de poder contra un indefenso bariquisero. La reacción fue inmediata e intempestivamente se formó una comisión de hombres para enfrentar el abuso del poderoso ante el humilde y desamparado bariquisero.
Los bariquiseros alzaos eran encabezados por Modesto Petit Colina, incondicionalmente apoyados por Rafailito Álvarez en abierta rebeldía contra el patrón de su suegro José Rafai Hernández, Perucho Corona, José Manuel Corona, "Chema", Mónico Bracho y Joaquín Hernández.
Tras un trabajo permanente "de inteligencia" de Perucho Corona en la carretera vigilando la zona para avistar la presencia de los hostiles asalariados de Manuel Ignacio y de posibles patrullas de la autoridad, esa misma noche, el escuadrón de bariquiseros alzaos se dedicaron a volver añicos la cerca alambrada que cercaba la casa de Mano Monche y todo el límite oriental de la posesión de Munucure y Bariquis, a lo largo de la Quebrada de Quiragua incluyendo tramos cercanos a la carretera a La Culebra Verde.
Los bariquiseros enfurecidos descargaban toda su rabia ante el abuso del terrateniente volviendo trisas los pelos de alambre acerado. Cada machetazo que soltaba Modesto Petit a cada estantillo, partía en dos la cuerda de alambre con todo y "grampa" faltando poco para atravesar completo la columna de madera que quedaba temblando al unísono con los más cercanos. Rafailito Álvarez, "Chema", Joaquín Hernández y Mónico Bracho, armados de martillos, machetes y peinillas, volvían picadillo la alambrada mientras Modesto Petit con furia incontrolable se ayudaba lanzando piedras con tal velocidad que trozaba las cuerdas de alambre a su paso y volaba la conchas con tajos enteros de tallos a los arboles a los que les pegaba después.
Una vez destruida casi en su totalidad la cerca, el objetivo inmediato era enfrentarse cara a cara con Manuel Ignacio para terminar de aclarar los puntos. Para ello salen los bariquiseros aún furiosos en busca del terrateniente, todos montados en un Jeep manejado por Modesto Petit.
En San Pedro, cerca del nacimiento de agua, se enfrenta a la distancia con otro Jeep manejado por un Guardia Nacional, otro guardia de copiloto y en el puesto trasero Manuel Ignacio, algo nervioso. Modesto, al tener la certeza de la presencia de Manuel Ignacio en el vehículo que se acercaba, retadoramente le roba la derecha al vehículo plantándose de frente, en todo el medio, para obligar a detenerse al Jeep del terrateniente con la escolta militar.
Se bajó Modesto del Jeep con los furiosos bariquiseros vociferando contra Manuel Ignacio, pero consciente de la presencia de los funcionarios activos del gobierno a bordo:
«Venimos por lo de Ramón Jiménez», refiriéndose al desafortunado "Mano Monche".
Al ver la decisión en la mirada de los bariquiseros alzaos, el guardia al volante, manipuló el vehículo rústico saliéndose de la vía por el monte aledaño para esquivar el obstáculo plantado en el camino, incorporándose más adelante a la carretera y, sin detenerse, seguir hasta su destino.
La actitud tomada por una patrulla de funcionarios del temible gobierno de Marcos Pérez Jiménez en 1.957 ante un puñado de hombres firmes y decididos a arriesgar su propio pellejo por su reclamo ante la injusticia, refrendó sin duda esta heroica gesta de unos aldeanos bariquiseros. Tanto así que, Manuel Ignacio entendió el mensaje, desistió de su idea y sería del mismo susto que abandonó aquellas tierras y nunca más se supo de él.
