Tenía que llamarse así…
El sol radiante de la mañana comenzaba a calentar temprano el horizonte de médanos de la ciudad mariana, meciéndose suavemente la vegetación xerófila de la elefaria coriana agitada por los vientos salitrosos provenientes de la península paraguanera.
Era 5 de Julio del año 1.967 y, en el centro de la ciudad patrimonio de Venezuela y la humanidad toda, una pequeña iglesia estaba llena a reventar... El pueblo devoto de la fe católica inundó el modesto escenario religioso confundiéndose con las santas figuras de yeso por la falta de espacio y el incontenible deseo de estar presente en el lugar y en el momento.
Mas allá de la insaciable sed de conexión divina, reinaba en el ambiente expectativa por una gran ansiedad en los presentes. Todas las miradas se centraban en el mismo punto, en una diminuta persona de apacible apariencia cuyo semblante senil era la máxima expresión de la más profunda paz. Un octogenario era el centro de atención de los numerosos feligreses congregados aquel domingo de misa en la Iglesia de San Gabriel de Coro.
El solemne acto litúrgico iba a ser oficiado por cuatro sacerdotes de la iglesia venezolana los cuales eran hermanos, hijos de padre y madre, algo nunca antes visto. Huérfanos ellos de madre desde 1.954, se disponían a celebrar la santa misa como marco para un merecido homenaje que recibiría su orgulloso padre, acertadamente bautizado como Juan de Dios por sus padres.
A sus ochenta años, a cumplirlos después de la medianoche de ese mismo domingo, Juan de Dios Petit esperaba paciente sentado en la primera banca de la hilera de asientos repletos de lado a lado. Estaba impecablemente trajeado de azul marino para la ocasión con una corbata de rayas menuditas. No le perturbaban para nada los halagadores comentarios que le hacía en voz baja de la gente que no dejaba de mirarlo.
No era para menos. Era el punto convergente de todas las miradas respetuosas de centenares de fieles que, sin previa invitación y ante el solo anuncio de aquel homenaje, habían llenado totalmente las dos naves de la iglesia.
Dos de sus cuatro hijos sacerdotes comenzaron a concelebrar la misa. El obispo de la Diócesis, Monseñor Francisco Jose Iturriza, estaba a su lado. Ambos juntaron sus manos en oración y se arrodillaron mirando de frente el altar mayor.
El Obispo, al final de la ceremonia, lo abrazo emocionado mientras sus hijos le rodeaban en el momento en que el Monseñor Iturriza, depositaba sobre su pecho la medalla que su Santidad, el entonces Papa, Paulo VI, le había conferido desde Roma. Silentes y petrificados de la emoción, los fieles le tributaron su reconocimiento y admiración a aquel coriano que había procreado cuatro hijos consagrados a Dios y, por si fuera poco, tenia para entonces, un sobrino cura y tres sobrinas religiosas.
Juan de Dios Petit nació el 6 de Julio de 1.886 y se caso a los treinta y tres años, el 21 de Marzo de 1.919, con su prima hermana Guadalupe Petit en La Soledad, cerca de Cumarebo. De aquella unión solo disuelta por la muerte de su esposa en 1.954 nacieron ocho hijos: Octavio Ramón, Jesús Alonzo, Ana Olimpia, Filemón, Samuel Antonio, Maria "Marucha", Jose Maria y Jose Coromoto.
Juan de Dios, un hombre recordado por sus hijos como un padre ejemplar, digno, abnegado, pulcro y fiel en el cumplimiento de sus deberes hogareños con una vocación de apóstol y una fe tan arraigada que llamaba a sus hijos en las primeras horas de la madrugada para que le acompañaran a rezar el rosario. Solo después de haber cumplido con este rezo sistemático que se repetía al anochecer, era que se entregaba de lleno a sus faenas del campo explotando un trapiche que mantenía en San Pablo y en donde obtenía el diario sustento para su numerosa familia.
Levantó honorablemente a su familia en largos años de dura brega recibiendo la ayuda de sus hijos para extraer el jugo de la caña. Su compañera, Guadalupe Petit González, madre ejemplar y desprendida hasta 1.954 cuando fallece y quien, en pleno lecho de muerte, le da permiso a su esposo para que se vuelva a casar: "Si es su deseo y encuentra con quien, vuelva a casarse, tú lo necesitas"...
En ese momento quizá no lo creyó necesario pero, cuatro años después invocó la autorización de su amada fallecida y encontró con quien volverse a casar. Sin embargo, le pidió permiso a sus hijos para hacerlo, y estos se lo dieron.
Esto aconteció en Churuguara, cuando tenía setenta y un años, se casó con Asunción Morales de cincuenta y seis siendo oficiada la ceremonia por el mayor de sus hijos sacerdotes, el Padre Octavio Petit, cariñosamente conocido como "Tavito".
Más de cuarenta años de diaria comunión marcaron toda una vida consustanciada con Dios a quien llevaba hasta en el nombre.
Sin duda, un gran personaje dentro de la extensa y multipolifacética familia Petit, que es lo mismo que decir Corona, González, Hernández, Olivetti, y tantos otros apellidos con los que se ha entremezclado desde finales del Siglo XVII cuando llego a América el primer individuo con este apellido. Si tuviéramos un salón de la fama en la familia, indudablemente Don Juan de Dios Petit ocuparía un sitial de honor por su ejemplar legado de convicción y afianzamiento a la fe religiosa, específicamente la religión católica.
Honor a quien honor merece...
