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La Coctelera

COMO UNA REPISA.

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8 Julio 2011

La Fama de los Corianos en Aroa

Cornelio Corona vivía en lo alto de la Sierra de Aroa, en su Hacienda Los Palmares, en Casupal, y bajó una vez del Cerro de San Francisco a comprar un machete a la bodega más grande que más cerca estaba de El Paraparo.

El Paraparo era una frontera imaginaria entre el antaño pueblo de Aroa, y el Cerro de San Francisco o Cerro de los Corianos y esa bodega era propiedad del viejo Cesar Curet, un musiú grandulón y fornido.

Cornelio era un cliente muy exigente y para probar la calidad del producto, pandeaba el machete de lado y lado viendo si recuperaba su forma original. El machete que se enderezaba era bueno, si no, no pasaba el "control de calidad" y no llenaba las espectativas del comprador.

La inquietud del bodeguero iba creciendo a medida que se le iba esterando el mostrador de machetes torcidos sin que hubiera uno que satisficiera al exigente cliente. Cuando ya le había pandeado como siete machetes, el viejo bodeguero montó en cólera y estalló en un sartal de insultos contra el indeciso comprador.

Cornelio Corona, aunque era evangélico, reaccionó no menos violento que el viejo Curet. Cornelio tenía un temperamento fuerte pero sabía controlarlo. El era muy "volao" pero, al mismo tiempo, la maldad sana la cargaba a flor de piel. El había logrado ya su cometido que era ver furioso al viejo bodeguero y, solo era cuestión de casar el momento para salir dignamente de la situación.

En el fragor de la lucha verbal, Cornelio sacó de su cintura una larga y filosa Cuchilla con cacha de Clavos de Cobre que siempre le acompañaba. A los dos adversarios los separaba un ancho mostrador, sobre el cual casi se acostaba Cornelio desde su barriga y a todo lo que le daba el brazo extendido, tirándole rasantes puñaladas sobre el asustado bodeguero quien ya no hallaba que mas arrimarse al otro lado contra los estantes repletos de mercancía, tratando de esquivar las furiosas envestidas del, aparentemente, enardecido coriano.

En medio de la supuesta furia, mientras embestía una y otra vez al barrigón bodeguero, Cornelio calculaba el tiempo que se tomaría en llegar la policía a solventar el escándalo público que se había formado, para así él irse de la bodega. Él, era buen conocedor de la ley y sabía perfectamente sacar a relucir un arma blanca implicaba arresto.

Cuando se fue Cornelio de la bodega, al viejo Curet no le quedó más remedio que ponerse a tratar de llevar los machetes torcidos a su forma original en medio de una retahíla de insultos y refunfuños.

Poco después, entró en la misma bodega Julio Rodríguez, coriano también de San Francisco, a hacer unas compras y, sin saludar siquiera al recién llegado cliente, el furioso bodeguero le pregunta en tono áspero e intimidante:

«¿Usted no será como uno que se acaba de ir de aquí?, un hombre malcriado»

Sin esperar respuesta alguna, vuelve a interrogar:

«¿Usted no será coriano?, ¿De donde es usted? »

Julio Rodríguez, paralizado por el desconcierto, sin atreverse a aumentar la furia del viejo y para evitarse inminentes represalias en su contra si reconoce su origen, responde asustado:

«No señor, yo soy de Sacuragua»

EI viejo desconcertado frunció el ceño delatando su absoluta ignorancia sobre el significado geográfico de la respuesta, no teniendo más remedio que, asentir con la cabeza y volver a sus refunfuños.

Sacuragua es un pequeño caserío próximo a El Guanábano y Zazárida, en el Distrito Zamora del Estado Falcón, unos treinta kilómetros al sur de El Bariquí.
Julio Rodríguez por su parte respiró tranquilo felicitándose por la acertada respuesta que espontáneamente se le había ocurrido y que le había permitido salir airoso de la comprometedora situación.

Ya un poco más tranquilo y libre de toda sospecha, Julio Rodríguez interroga al bodeguero:

«Mire, ¿Y, cómo era ese Señor?»

Este le respondió:

«Un hombre alto, con bigote recogido en la nariz, con sombrero ala caída para todos lados y con bruza de Kaki... ¡Cargaba un cuchillón de este tamaño!»

Puso el dedo índice estirado de su mana derecha apuntando a la mitad de brazo izquierdo extendido.

Julio Rodríguez, que atento escuchaba la detallada descripción que daba el bodeguero, reconoció de inmediato al protagonista y se dijo así mismo: «Este es Corona»

Al verlo pensativo, el bodeguero le pregunta:

«Y, ¿Usted lo conoce?»

Sin ningún titubeo, Julio Rodríguez se arropa en la complicidad conveniente y oportuna y responde tajante:

«¡No Señor!»

«¡Yo no lo conozco!»

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Guacara, Venezuela
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En medio de una preocupación por la poca difusión y conocimiento de los valores trascendentales de nuestra familia, se abre este espacio para dar a conocer por lo menos, algunas pequeñas cosas...

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