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La Coctelera

COMO UNA REPISA.

donde se ponen cosas de Familia y de pueblo, por si las quieren leer...!

8 Julio 2011

Una Mamapancha cualquiera...

Una Mamapancha cualquiera, en el mejor sentido de la palabra..., así como la de Alí.

Una Mamapancha cualquiera porque, todos tenemos una, o la hemos tenido, sin que haya sido la abuela necesariamente. Podría ser una tía, una vecina, una nana como la Negra Matea fue la del Libertador.

Una Mamapancha cualquiera porque, puede ser la de cualquiera que esté leyendo esta nota, como de hecho lo es para algunos.

En este caso no es comadrona ni usaba una botella, como la de Alí, pero si era rezandera. Y, no se llamaba Francisca para llamarla Mamapancha, sino María por eso la llamábamos Mamaría.

Ella nació un día como hoy, un 28 de octubre, pero de 1.906. O sea, hoy cumpliera 103 años de edad de no habérsenos adelantado el 24 de agosto de 1.978, con apenas 72 años vividos. 72 años vividos, suficientes para haber marcado una trayectoria vital imborrable en la memoria colectiva de su descendencia.

Once hijos dió al amor de su vida, Bruno Corona, con quien se casó a los dieciséis años en 1.922. Parió once, levantó quince con los cinco hijos adicionales de su esposo y vivió el dolor de la pérdida de una hija, Benedicta quien falleció el 15 de enero de 1.960, ya casada y con hijos en Aroa, estado Yaracuy.

Hija de Alejo Petit Hernández (Papalejo) y Guadalupe Petit Hernández (Mamalupe) y hermana de Amado (QEPD), María de los Dolores "Lola" (QEPD), María Asunción "Chona" quien vive en Puerto Cumarebo, Alejo "Alejito" (QEPD), María de las Nieves García (QEPD), María Jesús "Chúa" y José Eliseo "Cheo" Orellane quienes viven en Caracas.

Sus Once hijos paridos le dieron 47 nietos y quien sabe cuántos bisnietos y tataranietos. Solo vivió la pérdida de un nieto, aunque no consanguíneo como lo fue la muerte inesperada de Humberto, el de Nicolasa Cerero, el 11 de Mayo de 1.976, solo 1 mes antes de enviudar ella.

Tengo muchísimos recuerdos suyos gracias a haber vivido los trescientos sesenta y cinco días de un año con ella, llegué a disfrutarla desde la alborada de cada día hasta la puesta del sol. Sentí y viví su cotidianidad, su día a día, su trajín como ama de casa, su afán y dedicación como esposa y madre, su carácter y su ternura escondida como abuela, sus rabietas muy particulares cuando era presa de la fatiga o el estrés como se conoce actualmente.

Desde las cinco de la mañana se comenzaban a escuchar esos "Dios lo Bendiga" como no se los he escuchado a mas nadie, plenos de sinceridad y misericordia, cargados de amor y de verdad profunda, le salían desde el corazón. Eran saludos infinitos para cada uno de sus hijos; Chema, Clemente, Brunito, para mí que me levantaba a veces a esa hora en que sus hijos, que vivían en sus casas muy cercanas a la de ella y Papabruno, llegaban así fuera abajo de agua o envueltos en cobijas por el frío, a beber café y a recibir esa bendición tan apreciada. A leguas y por sobre la ropa se apreciaba el especial apego por el hijo enfermo que, al sentirlo venir, salía desaforada a su encuentro y no se le quitaba de su lado hasta no sentarlo en una silla y traerle su taza de café.

Entonces se aparecía Papabruno a incorporarse a la reunión a la cabeza de la mesa, repartiendo bendiciones, y en donde esperaría su desayuno que ya Mamaría había comenzado a prepararle: una taza de mazamorra, de avena o de fororo acompañada de casabe o pan dulce con el que hacía una especie de sopa.

Comenzaba así un día cualquiera en la vida de Mamaría. Después de los varones que madrugaban a visitarla, pasaban un poco más tarde Perucho haciendo un paréntesis en uno de sus viajes a Cumarebo y Aidé que se acercaba a darles una vuelta a los viejos.

El día transcurría como el de cualquier otra ama de casa atareada por los oficios de un hogar bariquisero. Mamaría contaba con la ayuda de Millo para los oficios fuertes del día como, moler maíz pelado, buscar leña seca, etc. Millo llegaba temprano y pasaba casi todo el día en la casa. Como cualquier ama de casa también se estresaba y exteriorizaba su fatiga a su manera muy particular. Ella tenía un peculiar estilo de dar una sonora patada en el piso que parecía dolerle pero que no era para otra cosa que para descargar su rabia o impotencia contra algo que no era de su agrado. La patada era a menudo acompañada por una retahíla de refunfuños en voz baja que resultaba muchas veces indescifrables.

Ella manejaba un vocabulario particular utilizando palabras que solo llegué a escucharle a ella, tales como "Diantre" (como queriendo decir demonio o diablo), "Recobecos" (queriendo decir peroles), "Aprietatetas" (nombre que le daba al sostén), entre otras palabras.

A mi limitada experiencia por mi corta edad, me impresionó mucho llegarla a ver agarrar un sapo por una pata con su mano para sacarlo de una pipa con agua, para ella agarrar agua para sus oficios. Al sapo simplemente lo tiraba hacia otro lado para que no estorbara. Igualmente, llegué a verla pisar una braza ardiente con sus talones sin que ella se enterara de ello. Imagínense esa piel de ese pie como estaría de tersa que no la penetraban ni el calor al rojo vivo.

Y cuando llegaba una visita? Eso había que verlo... Después del recibimiento y el saludo, venía el ofrecimiento: Ve, queréj un cachito?. Ella se refería a un poquito de café o cache como se le decía al café por allá en aquellos tiempos. Un cachito sería entonces un poquito de café (por el diminutivo). Pero ese cachito se convertía en otra cosa... Te coméj un piacito de arepa? Y luego se aparecía con un cuarto de arepa pelá en un plato. No había terminado de comerse la arepa cuando volvía a preguntar: No queréj cométe un poquito de frijol pa calentátelo? En caso afirmativo, prendía el fogón de ser necesario para calentar el ollón de frijol y servirle una taza al hambreado visitante. El cachito ya frío ofrecido inicialmente, venía quedando para bajar el tarugo de la arepa pelá y el frijol... Este era "un Cachito a la moda de Mamaría".

Mamaría era una mujer muy católica. Asistía a cuanta misa podía y si no iba, se entendía con Dios desde su casa en donde tenía un altar particular. La diferencia de su altar con el de la iglesia era que, el suyo era flanqueado con una imagen del Dr. José Gregorio Hernández que tenía empotrada en la pared con una puertica de vidrio. Por esta razón, a este cuarto se le llama todavía el cuarto de los santos.

Mamaría viajó fuera de Bariquí, después de enviudar. La recuerdo llena de vida en el matrimonio de Mayo, en 1.977, en casa de Chato acompañada de su hermana menor Nieves. Recuerdo una vez por cierto haberla acompañado desde casa de mi mamá en La Bocaína, hasta el Barrio Atlas "caj'de Nieves y Cornelio", como ella decía. Nos tocó irnos a los dos en autobús, un viejo autobús de techo redondeado de una línea ya inexistente llamada "El Círculo Azul" que cobraba, en aquel entonces un mediecito por el pasaje (perdonen la distancia). Al montarnos de regreso a La Bocaína, y al pasar la máquina de torniquete después de pagar, el autobús arrancó y por la inexperiencia de Mamaría en esos aparatos para agarrarse, fue a parar en una carrerita al final del pasillo, casi en la puerta trasera. Me le pequé atrás para agarrarla y cuando le veo la cara estaba sonreída murmurando: Ese diantre..!

Esa criatura de baja estatura, piel trigueña, nariz frondosa que repartió a varias de sus hijas, que se le escuchaba el andar por el arrastre de sus cholas al caminar, era depositaria de un gran amor por sus hijos. Le sobraba tanto el amor que le alcanzaba para brindarle a los Cerero después de la muerte de Ana Vistelia, en especial por Toño, el último de los Cerero que quedó huérfano de madre a pocos meses de haber nacido. Aunque fue Alonso el último varón que parió y Aidé la última hembra, Toño era también su toñeco. Me acuerdo que, cada 31 de diciembre, cerca de la hora del cañonazo, se asomada por las rendijas de la cocina impaciente y ansiosa por la llegada siempre expectante de Toño a la casa vieja.

De sus 72 años vividos no creo que le hayan picado una torta ni recibido una felicitación. Circunstancias culturales, de costumbres, qué se yo. Pero hoy, que estuviera cumpliendo 103 primaveras, la recordamos y agradecemos a Dios, de quien debe estar cerca, por habérnosla puesto en nuestras vidas.

Solo muere quien se olvida..!

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Guacara, Venezuela
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