80 años victoriosos.

¿Qué tanto hace de aquel martes 30 de junio de 1.931 cuando llegaste al mundo, inundando de alegría a todos en la casa para unirte a Chema, Yuye, Benedicta y Perucho?...
Pero, si parece que fue ayer, cuando a los ocho años escribiste en la escuela aquella hermosa carta a tu tía Adelina Corona, hermana de tu papá, y que sin que tú lo supieras, la leyera tu maestra. De inmediato, la docente mandó a llamar a tu representante a la escuela ese día y te retuvieron a la hora de la salida esperándolo a él.
Qué angustia y desesperación, el corazón parecía que se te salía del pecho del susto por no saber el motivo de la citación, pero que tú solamente asociabas con una dolorosa e inevitable consecuencia: una pela segura.
Cuando llegó tu papá, la maestra le explicó las razones por la que lo llamó y, seguidamente, le leyó la carta en tu presencia. Totalmente confundida y asustada, veías a tu papá escuchando atentamente lo que leía la maestra mientras se le iban humedeciendo los ojos hasta inundárseles de llanto, conmovido por lo que decía la carta. Pensabas que era de rabia que lloraba y que iba a descargar toda esa furia contra ti ahí mismo, sin importar quien estuviera presente.
Aterrada, solo esperando el castigo inminente e inevitable en ese mismo lugar, veías venir hacia ti aquel hombre a quien tanto amabas y respetabas.
Que confusión Dios mío...
No sabes que, él se acercaba era para darte un cálido y efusivo abrazo por haber hecho con tus inocentes manos, un pequeño lápiz y un inmenso corazón, tan noble y profundo sentimiento de amor hacia tu tía.
Mientras el lloroso padre te abrazaba con el pecho hinchado de orgullo, la maestra se desgranaba en elogios hacia la novel escritora: "armó muy bien sus ideas y su ortografía es impecable, amén de su hermosa caligrafía..."
Pero, casi fue antier que fuiste una hermosa adolescente, fiel reflejo de tu madre. Hacían cola los enamorados, como aquel José Corona de Santa Elena, al que le recibiste una foto que te descubrió José Gregorio y, como hermano varón de padre y madre, te reclamó. Sería más por celos de hermano que por otra cosa que, una vez hasta te pegó por las piernas porque no te alcanzaba ya que te habías montado alto para que no te quitara la foto de tu furtivo pretendiente.
Quien te fuera visto "cruzando el corredor" como única forma de ver la visita de tus enamorados secretos conversando con tu papá en la sala, mientras éste te increpaba:
«Nicolasa... ¿Es que vos no tenés oficio?»
¿Y, cuando tu príncipe azul merodeaba tu castillo?...
Llegaba timorato a que Melesia, la casa de enfrente, hablando de lo que fuera con quien estuviera en la casa sin verle la cara, para escudriñar con su vista una por una las ventanas de tu casa. Él sabía que en una de ellas se toparía con tu cara, para cruzar una mirada que alborotaría en los dos miles de mariposas aleteándoles en el estómago, acelerando sus corazones casi a reventar.
Tú te ponías cerca de una de las ventana de la sala con el pretexto de leer un libro, mientras casabas un descuido de tu padre para regalarle a Simón la mirada que venía a buscar desde El Tamarindo y que encendía las brasas de sus amores distantes pero apasionados y correspondidos.
¿Y, cuando llegó el día de pedir tu mano en matrimonio?
Te aprestabas a cumplir los diecisiete años. Rafael Simón era un solo manojo de nervios. Cuando pudo pronunciar en un solo tartamudeo la consabida petición al temido y respetado suegro, recibió una respuesta inesperada por lo desconcertante, que aumentó su angustia hasta ponerlo al borde de un shock nervioso:
«Ajá, déjeme consultar a mi compadre Sótero para ver si está de acuerdo con esto?»
Sudando a chorros, mudo y congelado, vio como su futuro suegro lo dejó petrificado en el sitio esperando un buen rato, después salió del cuarto vestido de punta en blanco con su bastón encabullao, y le dijo:
«Espere por ahí»
Tu papá se fue a casa de Sótero Hernández y lo puso al tanto de la situación, recibiendo de su compadre el apoyo irrestricto a su primogénito Rafael Simón y a su tartamuda propuesta. Tu futuro suegro, le dijo entonces a tu papá:
«Compadre Bruno espéreme un momento»
Al rato salió también Sótero, muy parecido en la vestimenta de su compadre y con su "garrote de onore" pasando casa por casa, invitando a medio pueblo para el matrimonio de Simón y Nicolasa.
Cuando llegaron los dos compadres a tu casa, Simón había abierto una zanja en el corredor con una caminadera que le cayó por la angustia de la espera, alcanzando la paz y el sosiego solo al recibir el consentimiento de su suegro para el casorio, acompañado con la orden expresa de su padre. Dijo Sótero seguidamente a tu futuro esposo:
«Mañana se va temprano y empieza a cortar unas caratibanas para que comience a parar la casa»
Fue allí mismo en El Tamarindo, a pocos metros de la casa que habitas, a mano izquierda de la casa de tus suegros, donde levantó Simón, el nido de amor donde levantaron ambos la hermosa familia que procrearon.
Nueve hijos, 5 hembras y 4 varones: Nelly, Arelys, Saida, Ana Margot y Mabel Rebeca, Alirio José, Eglis Humberto, Róger Simón y Hugo Javier.
De toda la descendencia brunera, eres una de las que ha recibido duros golpes del destino, pero que los has sabido afrontar y sobrellevar con dignidad y altruismo. A pocos años de casada sufriste la pérdida de una pequeña hija, en mil novecientos setenta y seis, dos dolorosos golpes sacudieron tu humanidad de mujer hija y madre cuando, en menos de un mes, perdiste a tu amado padre ya anciano y trágicamente a uno de tus adorados hijos, el recordado Humberto. Finalmente, hace veintitrés años, recibiste otro duro golpe con la partida prematura e inesperada de tu amado Simón, el compañero de caminos y de sueños, el complemento de tu existencia, tu único y gran amor.
Hoy llegas a tus ochenta años de camino con una hermosa y tierna sonrisa en los labios. La buenamoza adolescente que se convirtió en ejemplar madre, hoy alcahuetea amorosa a un ejército de nietos que la colman de cariño y le brindan toda esa paz que da la satisfacción del largo camino recorrido.
Ese gran amor que te brinda tu descendencia, es la razón de ser de tu presente y te da el impulso necesario para recorrer los muchísimos más años de vida que tienes por delante.
El nombre Nicolasa, significa victoria popular y, eso es lo que tú has conseguido en la vida, una cadena de triunfos dignamente logrados y merecidamente alcanzados.
Es todo un privilegio compartir tu espacio y tu tiempo.
Quiera Dios sea por un largo tiempo.
